miércoles, 13 de noviembre de 2024

Si la música es como un cigarrillo, el jazz es como un habano

Por Alfie.


Mi obsesión con el jazz no es en vano. La verdad es que, a pesar de que no me considero a mí mismo un músico jazzista, sí me considero un músico y un melómano. He tratado de educar mi oído durante años, para que una persona llegue y me diga que la música "Trap" que escucha es de gente millonaria e importante en el mundo. ¿Es lo único que les importa? ¿El dinero? Sí, con el dinero se vive bien. Paga tus deudas, tu comida, tus medicinas, tu alquiler... pero, ¿compras clase con ello? ¿Compras educación? Y no me refiero a comprar un libro o comprar arte; me refiero a la dedicación y disciplina de apreciarlos.

Siempre me he imaginado a la música como cigarros. En el mundo de la música hay mucha variedad: existe la música clásica eurocentrista, existe el barroco, existe el romanticismo, el contemporáneo, el jazz, el rock, el pop, el reguetón, el Trap, la música vernácula. Todos tienen su esencia, pero en lo particular, para mí el jazz es algo para decantar, como si la música fuera ese tabaco. No quiero sonar elitista, pero sabemos que allá afuera vas a cualquier tienda y consigues un paquete de cigarrillos. Claro, eso sí: algunos más baratos, algunos más caros, algunos de calidad superior, otros de calidad media, algunos sin filtro... pero también están esos cigarros especializados, los que son puro tabaco, los que se fuman en pipa. A veces la música clásica eurocentrista, sobre todo el barroco, se me hace como fumar en una pipa de madera, una grande.

Hay incluso marcas como Marlboro, que en algún tiempo fue símbolo de estatus, Lucky Strike, Camel, etc. Pero, si los destripas, por dentro tienen lo mismo: finas tiras de tabaco mal cortado y papel, sin contar todos esos químicos con los que tratan al tabaco, y las más de 600 sustancias cancerígenas que hay en el filtro. Para mí, la música popular es como esos cigarrillos, variada pero llena de lo mismo: de industria, de búsqueda de bienes y dinero y de temas vacíos. Sobre todo el cáncer: la industria (ojo, no la música) es justamente ese cáncer, algo que te invade desde adentro. Y ya sé que quieres morir lentamente... si no, pregúntenle a todos aquellos que trabajaron con Puff Daddy.


En cambio, para mí el jazz es como un habano o como un puro. El jazz que es como un habano es todo aquel que nace y muere en la ciudad de Nueva Orleans, en Nueva Jersey, en Nueva York; que se ha sentado por años y que, al igual que esa música, nunca sale de la isla de Cuba sino para comercializarse. También puede ser como un puro que, aunque es hecho en casa (puede ser cualquier país del mundo), tiene toda la esencia de la zona, como el jazz que se cultiva en Veracruz, que es un estado con mucha historia del jazz y que, en la sección de percusiones, permite incluir la marimba, ya sea veracruzana o chiapaneca, dentro de su música.

Hace tiempo tuve la oportunidad de visitar San Andrés Tuxtla, donde se hacen varias marcas de tabaco porque su suelo fértil tiene el privilegio de dar las mejores semillas, no sólo de la región, sino de toda la República. Hay artesanos que dejan secar una hoja por más de un año, algunos con métodos complejos pero artesanales, como el hecho de dejarlos secar al fuego con leña en galeras, lo cual definitivamente, al momento de prenderlo y probar el tiro, tiene un sabor robusto, fuerte, a veces con notas de cacao tostado, a veces con un ligero sabor a vainilla que va y viene, por lo menos en el segundo tercio del puro. Algo así, algo así es el jazz para mí: una música que, a pesar de ser compleja, es para todo el mundo, pero no cualquier persona que la consuma va a saber descifrar todo lo que hay dentro.

Así como hay un lenguaje muy específico en el jazz, que es en el que personalmente me enamora, desde tener una partitura enfrente y darte cuenta de qué estilo es (si es un swing, si es un vals, si es bebop, si es hard bop), la etiqueta vendría siendo como el estándar. Los conocedores ya saben de qué les estás hablando cuando les hablas de "Solar", de "Blues for Alice", "Donna Lee", "Autumn Leaves", etc. Creo que, del mismo modo, los conocedores saben qué viene en la tripa, en el capote y en la capa; saben a qué les sabe y saben disfrutarlo, aunque el promedio de fumada sea incluso de dos horas o hasta tres, dependiendo de la vitola. Lo que lo hace bueno no es el tiempo de fumado, sino la experiencia. Incluso, fumando uno de la misma vitola, de la misma galera, de la misma tripa, capote, capa y etiqueta, quizá no te va a volver a saber a lo mismo la próxima vez que fumes uno de esa misma categoría, porque pueden estar hechos por manos diferentes, aunque dentro del mismo molde.

Y lo mismo pasa con los estándares de jazz: lo puedes tocar una y otra y otra vez, en noches diferentes, con duración diferente, con músicos diferentes, y, a pesar de que es el mismo estándar, la misma etiqueta, la misma vitola, todas las noches va a saber diferente, con diferentes notas, con diferentes texturas. En el caso del tabaco, puedes encontrar un humo cremoso con notas herbales y, en otra ocasión, puedes encontrar notas tostadas. Al hacer el retrogusto, vas a encontrar heno, pasto, café, cacao... Un sinfín de cosas que yo no podría describirte más allá de lo que cada persona escuche dentro de su propia percepción.

Porque, sí, al igual que puedes salir a la calle y ver a mucha gente con sus audífonos, todos allá afuera tendrán sus propios gustos, y es válido, está bien. Incluso puedes afirmar que el jazz es aburrido, y no tendría por qué molestarme, porque así como ves a toda esa gente con sus audífonos allá afuera, escuchando cosas diferentes, también puedes encontrar a gente en la calle fumando tabaco de todo tipo: Marlboro, Camel, Winston, pero todos van tan de prisa que ya ni siquiera disfrutan el tabaco. Ya sólo es un hábito al salir de la oficina, al salir de la escuela, al transportarse de un punto A a un punto B. Siento que a veces la gente fuma sólo por fumar, ya no tanto por gusto. Yo, cuando fumaba ese tipo de tabaco de papel, había veces que ya sólo lo fumaba por costumbre y porque mi cuerpo lo necesitaba, no tanto porque lo estuviera disfrutando.

Y lo mismo pasa con el jazz: tal vez a la gente se le hace aburrido porque hay veces que necesitas tiempo para dedicarle a una buena escuchada, para decir “¡caray, qué buena frase fue esa del contrabajo!”. Creo que lo mismo pasa con esta música: no es una música que vas a encontrar en grandes festivales o algunos que sean muy ruidosos. Va a haber veces que esta música también va a ser ruidosa, pero también tiene matices, dinámicas, pianísimos, fortísimos, a veces crescendo, a veces decrescendo, sin contar que, a diferencia de lo dañino que es inhalar el humo directo a tus pulmones o lo que tragas por la garganta, con el puro sólo es un tema de retrogusto, de saborearlo, de llevarlo al paladar.

De igual manera, la música comercial e industrial se lleva hasta tu inconsciente, haciéndote querer comprar mercancía costosa y sin ningún propósito.

En fin, no digo que esta sea la mejor alegoría que pueda haber comparando la música con el tabaco, pero creo que podemos aprender varias cosas a partir de aquí. Sea el género que escuches, tomarte el tiempo para descifrar lo que está pasando creo que a veces, hasta en la música más comercial y que pareciera efímera, hay cosas que rescatar, como en aquel solo de piano de “Saoko” de la Rosalía. Sólo es cuestión de sentarse y escuchar, de sentarse, fumar y disfrutar, porque creo que hay una constante tanto en la música como en el acto de fumar un puro, y es que ambos son un buen instrumento para traerte al momento presente. Hacer acto de presencia es el mejor antidepresivo y el mejor ansiolítico que puede haber, todo natural, sin antidepresivos y sin clonazepam. Sólo disfrutando el momento, sin preocuparse por el mañana ni estresarse por el ayer.

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