SABADERA
Corría el mes de diciembre de 2009, un frío y jodido diciembre. Me hallaba viviendo en el 11 de Obraje, con mi madre. Como en alguna otra ocasión habré contado, vivíamos en un cuarto de azotea de un viejo edificio en el centro de la ciudad. Nosotros, a cambio de no pagar renta, nos sometíamos a ligeras dosis de esclavitud, y con ello me refiero a hacer cosas como limpiar el edificio, tomar los recibos de renta de los vecinos para después llevárselos al dueño del edificio y, sobre todo, soportar las torpes caras de los vecinos todas las mañanas. También debíamos estar alertas para que nadie robara nada y mantener el orden del reino en el edificio. En fin, no estaba tan mal después de todo: tenía todo cerca, las tiendas, los centros comerciales (aunque los detestara), los mercados y los bares de mala muerte que visitaba con frecuencia. Sin contar que tenía una muy buena vista desde ahí arriba. Se podía admirar la Torre Latinoamericana, la cúpula del Palacio de Bellas Artes y parte de los edificios de Tlatelolco.
A pesar de que la zona era un bodrio perdido entre la división del Centro Histórico y la colonia Guerrero, no estaba del todo mal despertar y oler el aroma de esas inmortales mañanas, con vecinos que tenían tan malos gustos musicales que casi se volvía monótonamente adorable y jodidamente interminable. Otra de las cosas importantes que teníamos que hacer mientras viviéramos en aquel cuarto era que, cada vez que se desocupara un departamento, teníamos que mostrarlo y poner nuestras mejores caras de falsedad para que se rentara lo más rápido posible. La dinámica era simple: el dueño del edificio ponía un triste anuncio en el periódico (casi tan triste como el lugar) con los datos del departamento en cuestión y nuestro número telefónico, que por cierto era de las pocas cosas que nos pertenecían fuera del uso de mantenimiento y casi lo único que salía de nuestros bolsillos. Así que, si algún familiar llamaba en caso de emergencia, teníamos que atender primero al “cliente”, o como prefería llamarlo yo, “el pichón”. Y así, la persona que tuviera la emergencia se iba a quedar con ella, porque lo más importante para el dueño era que el departamento se rentara lo más rápido posible, aunque realmente para nosotros también era casi limitadamente relevante.
En aquel diciembre yo trabajaba como ayudante de cocina en un restaurante en la Narvarte llamado “Deli-Pollo”. Vaya jodido nombre. En fin, era la franquicia de un sujeto que tenía cuatro restaurantes en la misma cuadra: el más importante era Giorgios, un restaurante de comida italiana y el que generaba más, seguido de una parrilla argentina, uno de comida oriental y, al final y el más miserable y pequeño de la cuadra, un restaurante de comida mexicana donde el ingrediente principal era el pollo. Ahí todo el mundo, en especial los chefs, se ponían muy creativos con el pollo; no por nada el nombre “Deli-Pollo”.
Cuando salía de trabajar todas las tardes, aproximadamente a las siete, tenía que estar en casa lo más pronto posible para contestar llamadas relacionadas con el departamento en renta, ya que mi madre llegaba muy tarde de trabajar y en aquel entonces mi padre no paraba un pie en esa casa siquiera para hacernos ese favor; él estaba muy ocupado con sus aventuras. Así que abordaba el metro Eugenia, bajaba en la estación Hidalgo y caminaba. Era un verdadero infierno. A esa hora la gente se vuelve loca por llegar a sus casas: todos empujando, todos insultando, todos manoseando, todos sudando; en fin, todos locos, como siempre.
Llegaba a casa, compraba cervezas, bebía un par y comía lo que hubiera en el refrigerador, y para ser franco, mamá no cocinaba nada mal; tenía un buen toque. El teléfono sonaba como loco; las llamadas se hacían tumultuosas a esa hora del día. ¡Joder! ¿Por qué cuando llegaba de trabajar?
Así transcurrió la tarde, mi jornada concluyó y regresé a casa, compré cerveza, comí algo y, tal como había quedado, justo a las ocho de la noche alguien tocó el zaguán negro de la azotea. Salí a ver, y ahí estaba: una chica no muy alta, de tez blanca, cabello castaño y lindos pechos. Ella esperaba por alguien que le mostrara el departamento. Recuerdo que iba sola; pensé que alguien la acompañaría, pero no. He de admitir que me calentó a primera vista; tenía un muy lindo trasero, pero nada para volverse loco. Le dije que esperara un momento en lo que buscaba las llaves para abrir el departamento, y eso hice.
Cuando las encontré, me dirigí con ella y la llevé al departamento, que cabe decir, era lo que llamaría un departamento de azotea. No era como los demás, porque este estaba en la azotea, similar al que yo habitaba, sólo que más bonito. Entramos, le mostré todo el lugar y le pregunté si había problema si encendía un cigarrillo. Ella respondió que no, y de hecho, me pidió uno, que se lo encendí. Me dijo su nombre: Thay. Resulta que Thay y yo nos llevamos mejor de lo que imaginaba. Teníamos un par de cosas en común: ella tenía unos veintidós años cuando yo apenas tenía dieciocho y, mejor aún, era músico. Su padre era médico y llevaba un tiempo viviendo en Tlaxcala con su madre. La cosa se ponía interesante, y la verdad es que era una chica muy bonita.
Es más, las cosas fueron tan bien que a mitad del mes ella me invitaba a su departamento a tocar un par de canciones y fumar un poco de hierba. Era divertido, porque tocábamos, nos drogábamos, componíamos, y ella me mostraba lo que hacía, que en general era bossa nova y samba. De hecho, ya tenía un demo oficial, que en aquel entonces para mí ya era un nivel más arriba. Yo también le mostraba mis extrañas composiciones y alguna pieza de blues; en aquel entonces andaba un poco clavado con John Lee Hooker, me gustaba tocar canciones de ese tipo. Hacíamos buena mancuerna, y me caía mejor porque de una u otra forma se las ingenió para timar al dueño del edificio, diciendo que trabajaba en un restaurante llamado D’Polac Fórum como mesera, aunque en realidad era músico y cantaba bossa nova y jazz.
De alguna forma Thay se la ingenió para timar al dueño del edificio, diciéndole que trabajaba en un restaurante llamado D’ Polac Fórum como mesera, aunque no mentía del todo, ya que sí trabajaba ahí, solo que no como mesera, sino como músico. Cantaba bossa nova y jazz, pero por alguna razón al ingeniero, que era el dueño, le caían mal los artistas. En fin, yo realmente admiraba lo que hacía y me gustaba lo que componía; en serio era bueno y tenía futuro.
vYa en confianza, a veces me compartía un poco de una bebida llamada Pitú, como un aguardiente típico de Brasil que me gustaba mucho. Cabe mencionar que en ese lapso me quedé un par de veces en su departamento, y ustedes saben muy bien con qué intenciones. Un día, finalmente, me animé… pero ella terminó confesándome que era lesbiana, o al menos así se definía. Así que dejé de insistir. De hecho, una joven solía visitar su casa, aunque no me había dado cuenta de que era su novia. Al final, comencé a verla como una amiga; era como el amigo con vagina que nunca tuve. En fin, no fue un hecho tan relevante.
Así pasaron los días, y casi llegaba la Navidad. Justo el 25 de diciembre, estuve con ella en la mañana, fumando un buen porro en su departamento. Ese día yo tenía cosas que hacer y asumí que ella también, así que nos despedimos y acordamos vernos más tarde. Ayudé un poco en casa con la cena, la familia llegó después y, para resumir, comimos, bebimos y todos se fueron temprano. Ese año fue aburrido como todos. Solo quedábamos mi madre y yo. Ella había bebido un poco, así que se fue a dormir temprano, y yo decidí ir con Thay en la noche.
Nos pusimos a beber, charlamos y tocamos algo de música. Thay me dio un regalo de Navidad: una copia de su demo, que incluía cinco canciones. Me sentí un poco mal, ya que yo no le había regalado nada. Agradecí el gesto y seguimos bebiendo. Como a la una de la madrugada, estábamos un poco ebrios y colocados, y ella mencionó, de forma inesperada, que no estaría mal algo de sexo para la noche. Me sentí confundido, porque ella me había dicho que era lesbiana y que tenía novia, pero acepté.
Fui al baño a orinar mientras ella se preparaba. Al regresar, fui directo a la cama con ella. Sonaba música de su laptop, y empezamos. Ella comenzó besándome el cuello mientras le quitaba lentamente la blusa y besaba sus senos. Ella me bajó el pantalón y me hizo sexo oral, lo cual, he de decir, disfruté mucho, a pesar de estar algo intoxicado. Después, le hice sexo oral y continuamos; me recosté y ella se montó sobre mí, moviéndose con una habilidad impresionante. Luego le di la vuelta y, mientras la penetraba, noté que la cámara web de su laptop estaba encendida y nos estaba filmando. Me sentí raro al principio, hasta que vi, en una esquina del monitor, que su novia nos estaba observando y masturbándose con lo que veía. Entonces entendí que no nos grababa, sino que era una transmisión para su novia. No sabía qué pensar, pero al final, era su gusto, no el mío. Así que seguí con lo mío, limitándome a besar su espalda mientras la penetraba y acariciaba sus pechos. Ella arañaba ligeramente mis piernas, y eventualmente terminamos. Fue un gran momento.
Después, nos tumbamos en la cama y fumamos cigarrillo tras cigarrillo. Ella apagó la cámara, le mandó un beso a su novia y dormimos lo que restaba de la madrugada.
Días después, todo continuó normalmente; hasta le presté un par de películas porno y un disco de los Rolling Stones. Todo iba de maravilla hasta que, un día, regresé del trabajo y descubrí que su departamento estaba vacío. Ella se había ido sin siquiera despedirse, y sabía que no regresaría. Un par de días después, puse su demo en mi estéreo y lo escuché. Sonó el teléfono: era alguien pidiendo informes sobre el departamento en renta. No tardó mucho para que saliera el anuncio en el periódico, y continué escuchando el disco. En ese momento, sonaba una canción de su demo llamada “Sabadera”. Nunca supe qué significaba la palabra, y para ser honesto, nunca me interesó.
Y así fue como esa chica brasileña de cabello castaño y hermosos pechos se robó mis películas porno, mi disco de los Stones, y, si le hubiera dejado mi guitarra, seguramente se la habría llevado también. Al final, la historia quedó como algo curioso: desde un principio, yo quería jodérmela… y al final, ella me jodió a mí. Vaya chica.
Unos días después estaba a punto de salir a trabajar y mi madre me dijo que había una cita para la tarde, cuando yo regresara; era una chica brasileña. La verdad es que a mí sólo me gustaba (y “gustaba” es un decir) contestar llamadas, porque atender a la gente directamente no me agradaba mucho. Como fuere, la chica llegaría a las ocho de la noche a ver el departamento, y la verdad es que en escasas ocasiones visitaban extranjeros los departamentos, así que me dio mucha curiosidad, aunque nada fuera de lo normal.
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