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miércoles, 20 de noviembre de 2024
SABADERA
A pesar de que la zona era un bodrio perdido entre la división del Centro Histórico y la colonia Guerrero, no estaba del todo mal despertar y oler el aroma de esas inmortales mañanas, con vecinos que tenían tan malos gustos musicales que casi se volvía monótonamente adorable y jodidamente interminable. Otra de las cosas importantes que teníamos que hacer mientras viviéramos en aquel cuarto era que, cada vez que se desocupara un departamento, teníamos que mostrarlo y poner nuestras mejores caras de falsedad para que se rentara lo más rápido posible. La dinámica era simple: el dueño del edificio ponía un triste anuncio en el periódico (casi tan triste como el lugar) con los datos del departamento en cuestión y nuestro número telefónico, que por cierto era de las pocas cosas que nos pertenecían fuera del uso de mantenimiento y casi lo único que salía de nuestros bolsillos. Así que, si algún familiar llamaba en caso de emergencia, teníamos que atender primero al “cliente”, o como prefería llamarlo yo, “el pichón”. Y así, la persona que tuviera la emergencia se iba a quedar con ella, porque lo más importante para el dueño era que el departamento se rentara lo más rápido posible, aunque realmente para nosotros también era casi limitadamente relevante.
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